Un masaje para reconciliarnos

¿Cuántas veces he escuchado la desesperación de unos padres
porque no entienden ni pueden conducir o educar a su hijo
adolescente? Muchas, incontables ocasiones; unos optan por
enviar al joven a sesiones psicológicas, otros presos de su
impotencia e ignorancia arrecian su trato.
No existen hijos enfermos sino padres que no saben hacia
dónde conducirlos y para qué. Existen muchos detalles que
determinan el comportamiento de los jóvenes; si los padres son
congruentes, si son respetuosos, si desearon a sus hijos, si
han trabajado sus propios conflictos, etcétera.
Ser fatalista no sirve de nada, la propuesta de esta ocasión
consiste en buscar el modo de acercarse amorosa y pacientemente
a nuestros hijos y proponerles que nos permitan darles un
masaje, si se hace desde que son pequeños es mejor porque habrá
un mejor vínculo con ellos desde antes de llegar a la
adolescencia.
Tal vez lo más difícil consista en proponerles el masaje,
pero seguramente si les hablamos con el corazón abierto,
accederán. Se usa aceite natural no sintético como el que se
hace para bebés; recostar al chico boca abajo y masajear con
las manos de la zona de los omóplatos hacia la cintura.
La actitud de quien masajea es primordial, debe hacerlo con
mucha paz, armonía y amor, pensar cuánto se le quiere y
recordar en el alma cuánta felicidad nos causó su llegada a
nuestras vidas, Y, si se tiene la intuición de que es posible
decirle lo que se desea, tal vez perdóname si te he hecho
sentir mal”.
Unos cinco masajes así, en los que se dé la pauta para
charlar o llorar juntos, harán la diferencia entre un joven
estresado y uno armonioso, entre unos padres frustrados o
tranquilos. Claro que este tipo de masajes se puede dar también
a un bebé, a una madre, al padre. El pretexto es un masaje,
pero el trabajo es mayor, es en función de una buena salud y
larga vida.
Periodista/acupuntora
columnalargavida@gmail.com
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