La crisis del sistema representativo

Nuestro país está en un proceso de tránsito a la democracia
inacabado y empantanado en el que las reglas y las
instituciones electorales han jugado un papel fundamental pero
insuficiente. Para un buen número de politólogos, la transición
ya ha concluido y estamos en un proceso de consolidación
democrática. Otros apuntan sobre todo a cómo construir una
democracia de calidad. Lo que todos reconocen es que nuestro
sistema institucional –reglas y principios- de
convivencia política y social no responde a las exigencias de
una democracia que permita la gobernabilidad y el respeto y
garantía plena a los derechos fundamentales: civiles,
políticos, sociales, económicos y culturales. En otras
palabras, el sistema institucional que construyó el viejo
régimen durante más de 70 años y que ahora ha utilizado el
panismo, debe desmontarse para permitir que la pluralidad
social y política de nuestro país tenga un acomodo en nuevas
estructuras institucionales.
Para enfrentar ese propósito que tiene relación con la
democracia, su construcción y calidad, parece que la discusión
debe partir de los cimientos. Esto es, preguntarse si la
democracia representativa tradicional es nuestro horizonte como
sociedad. En los orígenes del sistema representativo se pensó
que éste daba cabida a toda la sociedad, a partir de la
selección de unos pocos miembros de cada uno de los grupos en
que se consideraba dividida la sociedad, el sistema
representativo permitía la plena representación de esos
sectores. El problema hoy en día, es que ese sistema ya no
representa a muchísimos sectores sociales. Las sociedades
contemporáneas son sociedades complejas, compuestas por una
diversidad de grupos fundamentalmente heterogéneos. El sistema
representativo ideado a fines del siglo XVIII es incapaz de
abarcar a “toda” la sociedad. El sistema
institucional ha sido desbordado por la creciente complejidad
de las sociedades actuales. En México, es muy claro que el
sistema representativo no les da suficiente voz y voto a
sectores como el de los pueblos indígenas, el de las mujeres,
jóvenes, y “minorías” como los homosexuales.
El sistema representativo, por otra parte, tiene una falla
de origen. Sus creadores buscaron desligar a los representantes
de los representados. Así se ha continuado y la distancia entre
gobernantes y gobernados es cada vez mayor. Requerimos otras
formas de democracia, más participativas y deliberativas, que
logren vincular a los ciudadanos con las autoridades y permitan
la construcción de una democracia de calidad.
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