¿Nuevo Tlatelolco?

En memoria de Rogelio Barraza Gutiérrez
Hoy es un día que habrá de definir rumbos. Los trabajadores
agraviados por la decisión de Felipe Calderón de decretar la
extinción de Luz y Fuerza del Centro, han llamado a un paro
parcial de labores, que en realidad es un ensayo de la huelga
general en la que desembocaría la creciente movilización social
encabezada por el Sindicato Mexicano de Electricistas.
Esa eventual huelga general, a su vez, podría derivar en la
petición creciente de diversos sectores de la población que ven
posible la extinción del gobierno panista, por las mismas
razones que éste atribuye a los electricistas.
Y es que, si el autoproclamado “presidente del
empleo” fue capaz de suspender la pensión a más de 22
mil electricistas jubilados y dejar sin trabajo a más de 45 mil
trabajadores activos, en medio de la peor crisis económica del
país en más de 80 años, ¿por qué no solicitar la revocación de
mandato? El ciudadano tiene el deber y la obligación de elegir
a sus gobernantes, pero no tiene el derecho a despedirlos.
La crisis económica, por lo demás, ciertamente tiene
componentes externos, pero su profundización y prolongación es
culpa absoluta del gobierno federal, que en un principio
minimizó el problema y luego lo enfrentó, precisamente, con las
mismas recetas que habían propiciado la recesión.
Si a eso le sumamos el inmoral paquete fiscal enviado por
Calderón y avalado por las bancadas del PAN, PRI, PVEM y PANAL
en ambas cámaras del Congreso de la Unión, es comprensible el
enojo de crecientes segmentos sociales, incluidos algunos que
en 2006 votaron por la coalición derechista que encabezó el
michoacano.
El paquete fiscal, no hay que olvidarlo, crea nuevos
impuestos e incrementa varios de los ya existentes. La
peculiaridad es que todos estos gravámenes al consumo y al
ingreso afectan directamente a la mayoría de la población, y
muy particularmente a las personas de menores ingresos. En
contraste, la propuesta gubernamental mantiene los privilegios
de los grandes grupos empresariales, que seguirán evadiendo
impuestos.
En resumen, Calderón decidió mantener el viejo esquema de
todo gobierno neoliberal: socializar las pérdidas y privatizar
las ganancias. El problema es que, hacerlo en estos tiempos de
gran irritación social y violencia generalizada, propiciada
también por la militarización del país, parece un absurdo o una
provocación.
En ese sentido, la movilización de hoy del SME y de todos
los grupos y ciudadanos que apoyan la lucha de los
electricistas, es determinante para el futuro inmediato del
país. El punto de mayor conflictividad es la anunciada
recuperación de las instalaciones de la compañía por parte de
los trabajadores. Voces gubernamentales han advertido en
privado a los sindicalistas que, si se atreven, se actuará
contra ellos “con toda la fuerza del Estado”.
¿Y eso qué significa? Que el gobierno puede responder con
una represión generalizada. Es decir, con un nuevo Tlatelolco.
¿Se atreverá?
En lo personal, no me queda duda de que si Calderón
decidiera emular la política genocida de Gustavo Díaz Ordaz en
1968, entonces sí, su caída sería inevitable.
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