Estatuas

Centenares de piedras, a lo largo del tiempo, han sido
esculpidas en honor a dioses y hombres de ciencia, literatura,
arte, religión, política, etc. Todas ellas son puestas en los
espacios públicos no sólo para embellecerlos sino también para
recordar y enaltecer la labor de aquellos.
Fidías (498-432 a.C), por ejemplo, esculpió a la diosa
Atenea y erigió -por mandato del legislador Pericles- una parte
del Partenón en donde talló a otros dioses. Esas esculturas
además de belleza y opulencia mostraban la íntima relación que
existía entre aquellos hombres con sus dioses.
Pero, no vayamos tan lejos, demos una vuelta por el Paseo de
la Reforma del D.F. y allí encontraremos una buena cantidad de
estatuas que conmemoran a los hombres liberales del XIX que,
con sus acciones, dieron un cause diferente a la nación.
No obstante, hemos visto hace unos días cómo Felipe Calderón
mandó levantar un busto a su amigo entrañable Juan Camilo
Mouriño. Calderón invadió con sus sentimientos personales algo
que no le correspondía: lo público. Otro caso inadmisible fue
el de Rafael Acosta (Juanito) quien se mandó hacer una
estatua andante. Quisiera saber: ¿qué hizo Mouriño por México,
o el títere de Iztapalapa (salvo un show político) para merecer
ello?
Afortunadamente, para que una estatua (del latín
statua) no sea solamente un trozo de materia labrada
requiere que el hombre, en tanto que espectador, le imprima un
significado, un valor y hasta un sentimiento de cualquier
índole. En este caso, y como han sido dejadas en lo público,
entonces, el significado depende del pueblo y, ¿quién no
recuerda a Vicente Fox cuando levantó su estatua en Veracruz y
fue derribada inmediatamente? Así tendría que ser para defender
los espacios públicos y colocar allí estatuas de hombres que,
desde el anonimato, trabajan desinteresadamente por el hombre y
la cultura de México.
cafebreria2009@gmail.co
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